#4 – Cómo liberarte de tu enemigo

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La historia de Margarita

Tiempo atrás, Margarita me contó que, cuando era niña, su padre intentó abusar de ella y que su madre, para protegerla, la llevó a la casa de su abuela. Allí terminó de crecer y estudiar; recibió su título universitario. Luego se enamoró y, finalmente, se casó y formó su propio hogar.

Me dijo que le era muy difícil vivir con esos tristes recuerdos. Y que durante mucho tiempo había intentado retomar el diálogo con su padre, pero sin éxito, porque su padre se había convertido en su enemigo y le había dicho que no quería volver a verla nunca más.

Es inevitable tener enemigos, porque nuestros valores y principios, entre otros factores, pueden producir una reacción contraria en personas con valores diferentes. Pensemos en las grietas que pueden formarse en las familias y aun en un país cuando esto sucede.

Jesús y lo enemigos

Como este suele ser un tema común, Jesús presenta en el sermón del monte (Mateo 5:44) un principio básico para “liberarnos de nuestro enemigo”.

El principio es: “amen a sus enemigos”. La única forma de liberarnos de nuestro enemigo es amándolo. El término amar es muy amplio, pero muy específico a la vez.

Algunas personas me dicen acerca del trato hacia sus enemigos: “yo no le hago ningún mal.” Pero amar es más que no hacer el mal a alguien. Es hacer el bien que está a nuestro alcance hacer a pesar de su enemistad hacia nosotros.

Cómo amar a los enemigos

Por esta razón, Jesús va más a fondo y describe, por lo menos, tres maneras por medio de las cuales podemos expresar amor hacia quienes no nos quieren bien.

  • La primera expresión de amor hacia nuestros enemigos es bendecirlos. Literalmente significa “decir bien”, “hablar bien”. Aunque suele ser natural que hablemos mal de nuestros enemigos, sin quererlo, esto retroalimenta el malestar emocional. Por esta razón, necesitamos elegir las palabras que vamos a expresar acerca de la persona que nos aborrece. Otro significado de bendecir es “desearle el bien a alguien”. Además, también significa con qué espíritu hablo, es decir, la actitud y el motivo por los cuales estamos hablando de una persona. Así que, antes de hablar, pensemos y, luego, elijamos qué decir y con qué espíritu decirlo.
  • En segundo lugar, dijo Jesús, amar a nuestro enemigo significa “hacer el bien a los que nos aborrecen”. Es cierto, no siempre las condiciones nos permiten estar cerca de nuestros enemigos. Pero, pensemos en esto: si alguna vez alguien que nos aborrece está enfermo en un hospital y necesita que le alcancemos un vaso de agua, ¿podríamos acercarnos para ayudarlo a pesar de todo? A esto se refiere Jesús. Esto es otra forma de expresar amor hacia nuestros enemigos.
  • Y, finalmente, otra expresión de amor hacia nuestros enemigos es “orar por quienes los maltratan y persiguen”. Orar es hablar con Dios acerca de lo que nos está pasando como si fuera nuestro amigo íntimo. Orar es un acto racional por medio del cual elegimos autorizarlo para que intervenga en nuestra vida, para hacer por nosotros lo que nosotros no podemos hacer. Esto es: “Dios, tú sabes que mi padre me está maltratando y me aborrece, perdónalo. Dale una mente humilde para que se dé cuenta de su maldad y, por favor, dame sabiduría para saber qué hacer y a quién pedir ayuda. Ya no puedo soportar más esta situación”.

Amar a nuestros enemigos es la única forma de liberarnos de ellos. En esto, Jesús no solo nos dejó enseñanzas, también nos dejó un ejemplo. Mientras lo crucificaban y lo maldecían, expresó su amor por ellos orando: “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34).

¿Y Margarita?

Volvamos a la historia de vida de Margarita. Ella me dijo que, por muchos años, lo único que pudo hacer por su padre fue orar. Aunque lo intentó muchas veces, nunca pudo volver a verlo, hasta que un día recibió el llamado de su madre avisándole que su padre estaba grave y que la ambulancia ya estaba en camino hacia su casa para llevarlo al hospital. Así que salió de su trabajo tan rápido como pudo y logró llegar justo cuando su padre estaba listo para ser trasladado. Como era enfermera, le permitieron acompañar a su padre en la ambulancia. Ahora estaba allí con él; después de más de cincuenta años volvió a verlo. Él estaba inconsciente, así que tomó su mano y volvió a orar una vez más por su padre. Y esa fue su última oración.

“Pastor —me decía Margarita—, sé que mi padre me aborrecía. Quizás nunca pueda explicar con palabras todo lo que viví, pero sé que lo amé. Esto fue posible porque Dios hizo el milagro de darme ese amor, a pesar de todo lo que sucedió”.

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